domingo, 11 de enero de 2015

Ojos de alquitrán

Haz caso a tus mayores. Ellos saben de qué hablan. Seguramente, por su avanzada edad, ya se hayan encontrado alguna vez en la situación en la que puedes encontrarte con ojos de alquitrán.

Cuando camines por las afueras de una ciudad, de un pueblo o incluso por sus calles, ten cuidado.
Todo comienza cuando una niebla grisácea, cálida y espesa inunda paulatinamente el aire. Es una niebla densa, cargada del acre olor de la goma quemada. Si por una casualidad ves acercarse a ti esa niebla, corre en sentido contrario. En el caso de que la niebla te engulla, por lo que más quieras, no tosas. Ojos de alquitrán se guía por las toses de las víctimas. Nada más tomes la primera bocanada de aire notarás que el olor a goma quemada lo ha contaminado; te faltará el oxígeno, te arderán los pulmones, no verás un palmo más allá de tus propias narices y comenzarás a marearte. Sal de ahí cuanto antes de la forma más sigilosa que puedas. En el epicentro de esa niebla se encuentra Ojos de alquitrán.

Este ente aparece como una figura borrosa y negruzca. La niebla es sus ojos y sus oídos. No se tiene constancia de que nadie que haya profundizado en la niebla ha vivido para contarlo, pero se dice que sus ojos son negros, pastosos y sin vida, que bullen y liberan vapores plomizos mientras lloran alquitrán. Las malas lenguas dicen que su pelo es negro y está pegajoso de brea.

También se rumorea que su cuerpo surge del negro asfalto, fundiéndolo y transformándolo en parte de su propio ser y que abre su boca fundida y chapoteante tan sólo para expulsar más vapores almacenados en su ser dejando escapar un sonoro y lastimero gemido sibilante.

Es un misterio lo que les ocurre a los descuidados e insensatos que son arrastrados a las profundidades de la niebla donde reside ojos de alquitrán, pero se tiene una certeza, esas personas nunca vuelven a ser vistas.

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